Curiosidades de San Petersburgo

Rusia es como las muñecas típicas del país: cuando levantas una, te encuentras con la sorpresa de otra dentro de la primera, y así sucesivamente hasta el infinito. O casi. Tomemos por ejemplo San Petersburgo, ciudad situada en la desembocadura del Río Neva, justo donde el Zar Pedro I decidió construir una fortificación para evitar el ataque de las naves suecas y defender la salida al mar que había conseguido. Pero, el lugar le gustó tanto que decidió que sería buena idea trasladar allí su capital, construyéndola primero a imagen y semejanza de París, de la que estaba enamorado. Por esos San Petersburgo es una de las ciudades que respiran un aire más europeo en Rusia.

Puente de la Trinidad y de fondo La Fortaleza de Pedro y Pablo

Puente de la Trinidad y de fondo La Fortaleza de Pedro y Pablo

Un museo habitado Uno de los edificios emblemáticos de San Petersburgo es el palacio del Ermitage En él hace muchos años que no viven los zares. Sin embargo, tiene unos curiosos inquilinos en sus sótanos: se trata de cincuenta gatos, descendientes directos de los que pertenecieron al último monarca ruso, Nicolás II. Para los rusos, los gatos tienen una gran importancia. Por ejemplo, el gato ha de ser el primero en entrar en una casa tras realizar una mudanza, para que traiga suerte. El problema en el caso del Zar Nicolás es que los gatos comían mejor y disfrutaban de mejores habitaciones que parte de su pueblo, que se acabó rebelando en el episodio histórico conocido como La Revolución Rusa.

El Museo del Hermitage de San Petersburgo

El Museo del Hermitage de San Petersburgo

En los mismos sótanos del Ermitage vivieron otros personajes, en este caso, humanos. Se trataba de los trabajadores del museo que se creó en el mismo edificio tras la Revolución, ya que allí se guardaban importantes colecciones privadas de arte – y de cuyo contenido hablaremos otro día -. El caso es que cuando los alemanes llegaron a las puertas de Leningrado, que era el nombre de San Petersburgo durante la 2ª Guerra Mundial, se hizo evidente que era imposible trasladar todos los objetos de valor y pinturas fuera del alcance de las bombas. La solución fue que los cuidadores se quedaran a vivir allí, para poder apagar los posibles incendios y reparar los daños que pudieran producir los ataques. Gracias a ellos, podemos disfrutar hoy en día de las inmensas colecciones del Ermitage cuando se viaja a San Petersburgo.

 

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