El paisaje magnético de los fiordos noruegos

Recorrer Europa

Cuando se piensa en un viaje a Noruega, lo primero que nos viene a la mente es la palabra “fiordo”. Y llevamos razón, ya que estos estrechos canales excavados por los glaciares en la roca durante siglos son una constante del paisaje. Tantos hay, que a menudo las carreteras quedan cortadas por ellos, y aunque en algunos casos encontraremos puentes que son verdaderas obras de ingeniería como el de Storseisundet, en la Carretera del Atlántico, muchas veces nos obligarán a tomar un ferry que nos llevará a la otra orilla. Lejos de ser una molestia, estos momentos nos permitirán observar las granjas que los noruegos construyen suspendidas al borde del abismo. Luego, el camino sigue atravesando la tundra, salpicado por cascadas y casas con techos cubiertos de musgo, un sistema ecológico que protege las cubiertas de las inclemencias. También asoman de vez en cuando iglesias de madera que parecen barcos vikingos vueltos del revés y que de cerca huelen a resina. Todo parece salido de la imaginación, de manera que no es extraño que la ría más larga y profunda del país lleve el nombre de Fiordo de los Sueños.

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La mejor manera de recorrer sus más de 200 kilómetros es subiendo en uno de los cruceros que van de pueblo en pueblo sin prisa. Lo mismo sucede con otro gran fiordo del país, el de Geiranger, más sinuoso si cabe que el de los Sueños. A bordo es posible acercarse hasta el conjunto conocido como Las Siete Hermanas, porque son siete las cascadas que lo forman. La embarcación también se acerca al Velo de la Novia, otro salto de agua que al precipitarse forma una tenue cortina de vapor. Si nos parece que el fiordo de Geiranger es especial, estamos en lo cierto: es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2005 y una de las imágenes más famosas de Noruega, aunque los primeros viajes organizados no se acercaron al lugar hasta finales del S. XIX. Entonces se compraron algunos coches para llevar a los turistas a lo alto del monte Dalsnibba o para remontar las curvas de la Carretera de las Águilas, que trepa por encima de Geiranger para obtener la mejor panorámica en lo que serían los primeros circuitos turísticos locales. Aquellos coches están expuestos en uno de los hoteles de la población.

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