El misterioso encanto de los templos de Angkor

Aunque Camboya ofrece suficientes motivos como para dedicarle mucho más tiempo, lo cierto es que la fama de los templos de Angkor hace que muchos turistas aprovechen su viaje a Vietnam para dar un salto al país vecino sólo para conocer esta maravilla de la humanidad. Sin ir más lejos, Phnom Penh, la capital de Camboya, es una ciudad dinámica, donde la risa y el buen humor son una constante del carácter local. En lugar de arrasarla para construir nuevos edificios, la herencia colonial está bien conservada, con bellos edificios Art Déco que se concentran en la confluencia de los ríos Mekong y Tonlé Sap, pero por mucho que la capital nos quiera deslumbrar con la 5.000 tejas áureas de la Pagoda de Plata que hay dentro del complejo del Palacio Real, lo que de verdad llama la atención al viajero son los templos de Angkor. Construidos para satisfacer los deseos de los Reyes Dioses, edificios como los de Ta Prohm estimulan la imaginación atrapados entre las ramas y raíces de higueras gigantes, mientras la visión de la torre sagrada de Bakan al anochecer no merece otro adjetivo que el de mágica. Su perfil es el que sale fotografiado en tantas imágenes de Angkor Wat, reflejándose en un gran lago.

Sonrisa Angkor

Sonrisa Angkor

Los edificios más sorprendentes.

La ciudad en ruinas de Angkor lleva décadas fascinando a generaciones de viajeros. La superficie de este conjunto arquitectónico Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO es nada más y nada menos que de 200 km², de manera que se impone una segunda jornada para hacerse una idea del conjunto. La lista de lugares a visitar es infinita: la puerta sur de Angkor Thom, La Terraza del Elefante… Pero quizá entre todas las opciones destacaríamos Bayon, que comprende cincuenta y cuatro torres decoradas con enigmáticos rostros que miran al cielo, como esperando la llegada de una señal divina. Los extremos de los labios de todas las figuras se curvan hacia arriba, formando lo que se conoce popularmente como “la sonrisa de Angkor”. Los cuatro muros concéntricos del templo de Banteay Kdei también merecen nuestra atención, así como el baray o estanque de Srah Srang, en el que parecen flotar en medio de las aguas los restos de otro antiguo edificio, como en un cuadro surrealista de Dalí. Sin duda, una imagen para recordar tras finalizar el viaje por Vietnam y Camboya.

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