El color imposible del Taj Mahal

Asia sorprendente

La ciudad de Agra es de visita obligada en un primer viaje a la India. El motivo es evidente: allí es donde se alza el famosísimo Taj Mahal, uno de esos iconos que todo viajero quiere ver una vez en la vida. Su celebridad y la abundancia de imágenes publicadas del mismo, todavía más hoy en día gracias a las redes sociales, parece que le han restado parte del encanto de la sorpresa, pero no es verdad. Por muchas fotos que hayamos visto antes, el Taj Mahal siempre sorprende por sus dimensiones y, por encima de todo, por su color. La pureza del mármol con el que esta construido, y la finura del trabajo realizado, hacen que más que blanco parezca translúcido. Según como le venga la luz, su tonalidad varía e incluso se diría que absorbe los colores que hay a su alrededor. Por eso nunca decepciona.

El edificio en sí fue concebido por el arquitecto Amanat Khan, que lo construyó por encargo del rey mogol Shah Jahan para albergar el cuerpo de su esposa difunta, así que el Taj Mahal es en realidad un tumba profusamente decorada y con miles de piedras preciosas incrustadas en sus paredes. Para completar la obra, se hicieron traer los más prestigiosos jardineros de Cachemira. Algunos dicen que el Taj Mahal les recuerda algunos edificios suntuosos y templos que se pueden ver en Samarcanda, actualmente la segunda ciudad de Uzbekistán. Y tienen razón, porque aquí trabajaron también albañiles llegados desde tan remoto lugar, así como calígrafos persas.

Una historia con final inesperado

Frente al Taj Mahal, pero separado del mismo por un río, se encuentra el Fuerte Rojo de Agra, que fue la sede del poder mogol en la India durante los cien años que duró su dominio. Se construyó en 1569 en piedra arenisca, que le presta su color característico. El Shah Jahan, que se hacía llamar “el rey del mundo”, se rodeó de consejeros de todas las religiones para evitar una revuelta de quienes quedaran fuera de sus preferencias. Lo que no previó es que su propio hijo le arrebataría el poder y lo encerraría en una torre de la fortaleza. Desde allí podía ver en la distancia el Taj Mahal, que nunca más pudo volver a visitar.

 

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