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Marruecos
Kasbahs y el desierto de Merzouga
"El desierto merece mucho la pena. Me encantó la experiencia. La luz que había allí era bárbara, los cielos estaban limpios y el color dorado de la arena que el sol intensifica en el amanecer y el anochecer, hacen de ese mar de dunas un paraje singularmente bello."
JOSÉ MIGUEL ÁLVAREZ
65 años. Profesor
MIRANDA DE EBRO
Viajó con Exoticca en Diciembre de 2016.

Este viaje es muy recomendable para quien le guste la aventura y vivir experiencias distintas


Hace veinticinco años viajé a las ciudades imperiales de Marruecos, pero no estuve en el desierto y me llamaba la atención esa parte más exótica del país, más beréber, así que quería volver para conocerla.

En las gargantas del Todra.
Para hablar de mis impresiones, inevitablemente tengo que hacer referencia a mi viaje anterior para hacer la comparativa. Básicamente el ambiente es el mismo, aunque lo que sí he encontrado diferente es que no son tan agobiantes con el turista como en aquellos años. Sanitariamente han evolucionado, por ejemplo antes las carnes estaban al aire y ahora pude comprobar que muchos puestos están provistos de frigoríficos. La verdad es que las calles siguen siendo muy bulliciosas y un poco caóticas, aunque indudablemente con mucho encanto.
Pero el aspecto más interesante a destacar para mí, es que en la anterior ocasión me alojé en hoteles muy elegantes pero “al uso” y esta vez, he estado en riads y me ha encantado la experiencia. Aparentemente el edificio por fuera pasa inadvertido porque se ve como una casa normal y corriente como todas las que hay, pero cuando entras allí te encuentras con una maravilla de lugar, un verdadero “lujo asiático”. Alrededor de un patio central lleno de columnas, alfombras, balcones, fuentes y plantas se disponían las habitaciones, las cuales eran excelentes. La atención del servicio fue exquisita y la comida una pasada.
Otro factor importante es que esta vez hemos tenido guías y la oportunidad de viajar con estas personas, te permite acercarte todavía más a la cultura del país a través de sus explicaciones y vivencias.

En Marrakech he callejeado con otra óptica distinta. A mí lo que más me gusta es patear las calles, fijarme en los detalles y observar a la población. Lo he disfrutado más, he ido más pendiente de apreciar todo lo que acontecía a mi alrededor.
Cuando viajo, me enfoco más hacia el aspecto antropológico que hacia el cultural; por supuesto que los monumentos siempre son un elemento imprescindible a tener en cuenta, pero disfruto más viendo lo que hace la gente, qué come, dónde compra, en qué sitios se reúne...
Un lugar que visité por mi cuenta y me gustó mucho fue el Jardín Majorelle. Me pareció muy interesante ir porque es algo distinto. Fue creado por un artista francés que llevó plantas exóticas de sus viajes por todo el mundo, convirtiéndolo así en un auténtico tesoro botánico, en el que hay cactus, yucas, nenúfares, buganvillas, palmeras o bambúes entre otras muchas especies de plantas y árboles. Los edificios tienen un color azul cobalto intenso que contrasta con el verde y que se ha dado en llamar “azul Majorelle”. Después, los jardines fueron cayendo en el olvido hasta que en los años ochenta fue adquirido, restaurado y donado a la ciudad por el diseñador Yves Saint Laurent. Es un precioso oasis azul en la ciudad roja de Marrakech.
El zoco de la medina es la esencia de la ciudad, lo que le da el alma y uno de los más célebres del mundo. Es un laberinto de callejuelas llenas de comercios, tiendas de alimentación y de artesanía y donde hay la oportunidad de ver en acción muchos oficios, como el de los curtidores, herreros, joyeros, zapateros, cuchilleros o costeros. Y todo ello envuelto en un ajetreo constante de gente, animales y vehículos. Desemboca siempre en la famosísima y bulliciosa plaza Jemaa el Fna, centro neurálgico de la ciudad en el que queda la gente y por la que todo el mundo pasa varias veces al día.

La gastronomía es muy rica y variada, he comido fenomenal. La bastela, un crujiente de hojaldre relleno de pollo y canela me pareció un plato refinado y sin duda es el que más me gustó porque es salado y dulce a la vez, un rasgo principal de la cocina marroquí. También soy muy de sopas y la harira es deliciosa, contundente y muy nutritiva, ya que lleva verduras, legumbres y carne. En Marrakech hemos ido a algunos restaurantes en los que el trato ha sido exquisito y nos rindieron auténtica pleitesía. Siempre me he encontrado con un servicio muy profesional y discreto.

Paseando por el desierto.
La parcela paisajística o natural de este viaje fue sorprendente. Son muy curiosos los contrastes climáticos, vas en una latitud con 28 o 30 grados centígrados y de pronto en un rato al atravesar la cordillera del Atlas, ves una nevada impresionante, para pasar a unos cuantos kilómetros de allí a un paisaje desértico.
Hablando del desierto, merece mucho la pena. Me ha gustado mucho la vivencia. La luz que había allí era bárbara, los cielos estaban limpios y el color dorado de la arena que el sol intensifica en el amanecer y el anochecer, hacen de ese mar de dunas un paraje singularmente bello. Por la noche, al estar alejados de la ciudad, el cielo está muy nítido e ideal para verlo repleto de estrellas. Había una persona del grupo aficionado a la astronomía que se deleitó mucho con ese momento y nos explicó la posición de las constelaciones.
La sensación que tienes allí de silencio, calma y sosiego es única. Puedes escuchar tus propios latidos. Es un ambiente de paz espiritual que yo no había percibido en ningún otro lugar del mundo. Sin duda me ha cautivado.
Los chicos beréberes que nos atendieron fueron encantadores. Llevan con mucho orgullo ser hombres del desierto y hablaban un castellano perfecto que según ellos lo habían aprendido en la “universidad de la vida”. En ese ámbito es donde más incido, sin duda la gente es lo que más me conquista.
Tanto el desierto como los zocos de la medina es lo más característico del país.

Este viaje es muy recomendable para quien le guste la aventura y vivir experiencias distintas. Hay que hacerlo siendo conscientes de que vas a un país que todavía está muy lejos de lo que es una civilización europea a pesar de estar tan cerca, pero que ha evolucionado muchísimo y te brinda una cara muy amable.
Es un destino especial y diferente. Eso sí, las sonrisas de los niños son iguales que en todos los demás rincones del planeta, lo mismo que su inocencia y espontaneidad.
Una imagen muy curiosa en Marrakech.

3 consejos para este viaje

1
LA TRATTORIA:
Este precioso restaurante de Marrakech decorado al estilo marroquí de los años 20, ofrece una deliciosa comida italiana y marroquí.
2
CAFÉ DE LA POSTE:
El edificio tiene una estética colonial francesa muy interesante y está cerca de correos en Marrakech. Tiene una terraza en la parte de abajo con unas sillas de mimbre donde es muy agradable sentarse a tomar algo y contemplar el anochecer.
3
RESTAURANTE PEPE NERO:
Este impresionante restaurante de lujo está situado en un riad en la parte vieja de la ciudad roja. Te reciben con auténticos honores y los platos que sirven son muy sabrosos.

Apunte del editor

El desierto de Merzouga posee las dunas más grandes de Marruecos. Es conocido mundialmente por sus famosos paisajes y la inmensidad de sus olas de arena donde se pierde la vista. También, el turismo de salud va buscando los famosos baños de arena, práctica en pleno auge conocida como "arenoterapia". Consiste en permanecer enterrado durante unas decenas de minutos bajo la arena caliente con vigilancia médica constante. Según sus adeptos cura el reúma, la poliartritis, las lumbalgias y algunas enfermedades de la piel.